61. En el fondo del vaso solo hay cubitos de hielo
Mi padre se jactaba de haber participado en algunas revueltas en Barcelona cuando era un joven comprometido en la lucha por las mejoras sociales y laborales allá por los años setenta. En ese ambiente familiar nací yo, que por supuesto, ni fui bautizado ni hice la comunión, pero como dice el refrán, un tanto soez, «pueden dos te…más que dos carretas».
Crecí y la conocí a ella, con el nombre de la primera mujer; me acomodé tanto a su vida que más pronto que tarde empecé a vestir traje de chaqueta en Semana Santa y a lucir orgulloso en mi cuello la medalla de la que consideraba ya la hermandad de toda mi vida. Durante unos cuantos años tuve la dicha de portar bajo su palio a María Santísima, mi costal y mi faja empapados de sudor y de fe.
Ella fue mi primer amor, la que me inoculó el veneno del fervor religioso, pero cuando la relación acabó, mi «fe» se diluyó casi tan rápido como entró.
Mi medalla sigue guardada en el cajón de mi mesita de noche; a veces siento la necesidad de estrujarla entre mis manos y llorando de rabia, tomo una copa más.


Parece mentira lo que una persona puede cambiar por amor, hasta llegar a abrazar una fe y creer en lo que haga falta. Igual de mentira parece también que todo se pueda diluir cuando la atracción decae, aunque parece que siempre hay que tener fe en algo, aunque sea una copa tras otra, aunque sea para olvidar.
Un abrazo y suerte, Ana
Gracias Angel , aunque no creo que la fe ayude con una copa en la mano.
Un abrazo
Ana, hay gente que cambia de forma asombrosa hasta confundirse con la persona amada. Y no son extrañas las conversiones por amor. Incluso dicen que es más fácil cambiar de religión que de equipo de futbol: eso sí que parece inmutable.
Un abrazo y suerte.
Tienes mucha razón, pero el verdadero amor te amplia el horizonte, no creo que la «conversion» sea lo más recomendado..al final solemos volver a nuestras raices.
Un abrazo fuerte