Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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28. Esperar (Gabriel Martín)

Han transcurrido mil novecientos días desde que Don Javier, mi antiguo profesor de matemáticas, inició el ritual. Si vivierais en mi calle, si vuestra ventana diera a la esquina de Unamuno con Gracia, podríais describirlo igual que yo: llega diez minutos antes de la hora a la que sucedió todo, barre hasta dejar impoluto el espacio alrededor de la farola. Espera. Borra de la pequeña pizarra las marcas de tiza del día anterior. Espera. A las diez en punto, deposita un crisantemo y escribe la nueva cifra. Después, cierra los ojos, junta las manos y mueve los labios. Una oración, imagino.
Nunca ha faltado, nunca ha fallado en la cuenta. Lo sé: yo también la llevo. Lo hago desde que le vi acudir y le reconocí, al día siguiente del accidente, cuando aún no habían limpiado los restos de aceite y gasolina, cuando aún se distinguían en la acera las manchas de sangre que ella dejó. Aquella primera vez bajé por puro morbo y curiosidad. Ahora, cada día, cuando él se marcha, arrastro escalera abajo mi inconfesable y descreída envidia y tomo una fotografía de la estropeada pizarra. Hoy rezaba:
«Estaremos juntos = Eternidad – 1.900 días».

13 Responses

  1. Ángel Saiz Mora

    La fe es un consuelo cuando se ha perdido a un ser querido, en el sentido de que el encuentro volverá a suceder y ya será para siempre. Es lógico que el narrador de tu relato sienta envidia, al tiempo que quizá albergue el deseo de que se le contagie la de don Javier, por constancia y observación.
    Un saludo y suerte, Gabriel.

    1. Así es, Ángel. De esa envidia de la fe ajena, cuando eres incapaz de tener la propia, es de lo que quería hablar. La fe, para el que la tiene, es una buena muleta.

      Muchas gacias y un saludo

  2. Hugo Gonzalez

    Que idea más bonita de fe. Un ritual de amor incondicional.
    Es a la vez bonito pensar en su constancia y triste porque vive anclado a un dolor que no logra superar.

    Debo de reconocer que me descolocó un poco la pizarra. Al ser un profesor de pronto me lo imaginé dentro del aula y no junto a la farola.

    Un saludo, Gabriel.

    1. Hola, Hugo:

      Sí, es así. Hay, o al menos así me lo parece, un algo de belleza en esa espera que le ayuda a llevar el dolor, pero al mismo tiempo le ancla a él.

      Es un homenaje a alguien cercano, que mantuvo el recuerdo y la fe en el reencuentro durante muchísimos años.

      Saludos y gracias

  3. Rosalía Guerrero

    Gabriel, al principio sorprende el extraño ritual de Don Javier, y poco a poco nos desvelas lo que hay ocurrido y el motivo de ese ritual. Solo me queda la duda de si el narrador también estaba enamorado de la misma mujer que el profesor, y por eso realiza la fotografía.
    Un abrazo y suerte.

  4. Puri Rodríguez

    Qué triste pero, a la vez, qué hermoso tu relato, querido Gabriel. Cuando un devastador dolor nos golpea, much@s perdemos la fe. Otr@s, sin embargo, la encuentran, o si la tienen, la conservan. Hermosa historia, guapo. Un abrazo y suerte.

  5. Además de estar bien escrito, tu relato tiene varios matices que me gustan: la manera cómo vas presentando la historia, descubriendo detalles poco a poco hasta aclararla totalmente al final; la ternura que se desprende de ese amor más allá de la muerte; la pizarra, tan simbólica, dada la profesión del personaje; esa relación alumno/antiguo profesor desde la distancia, pero a la vez unidos por la fe: uno, porque la tiene, y el otro, porque la desea tener.

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