77. Faith story
La orquesta cantaba “Toda una vida” cuando el viento alborotó su melena y le dejó un mechón de pelo entre los labios. Yo se lo aparté con el dorso de la mano, sin pensarlo, y al hacerlo me encontré con aquella sonrisa suya. Besarla hubiese sido profanar una inocencia de la que no pensaba aprovecharme, como el niño que, jugando a la gallina ciega, puede ver por una abertura del pañuelo y decide mantener los ojos cerrados.
Era la madre de mis hijos. La mujer de mi vida. Ya había gozado de ella una existencia entera, desde su más tierna juventud hasta mi último aliento de viejo, y en esta ocasión quería darle la oportunidad de elegir a otro.
Sin embargo, allí estábamos de nuevo, presentados por un amigo común y bailando nuestra vieja canción, abrazándome ella con ternura, inspirando yo su olor como si fuese la última vez. Quise marcharme al acabar la pieza, pero ella entonces me cogió del brazo. «Podíamos vernos otro día», me dijo sin pudor. Vestía aquel jersey azul de hilo que conservaría tanto tiempo, y me miraba con una irracional e inconcebible fe, la misma que yo tantas veces habría de poner a prueba.

