Fe ciega (Nuria Rodríguez Fernández)
Creyó en el amor como quien cree en el sol aun con los ojos cerrados. Y el mundo, paciente y cruel, se encargó de apagarle uno a uno los amaneceres. Llegaron las pérdidas como lluvia ácida: un adiós que no volvió, promesas que se astillaron, manos que soltaron antes de tiempo. Ella no se defendió. Nunca supo hacerlo. Amar era su única lengua.
La vida la fue deshaciendo despacio, como se deshilacha un jersey viejo: primero la voz, luego la fuerza, después la mirada.
Cuando llegó a la residencia ya tenía las cuencas vacías, no por falta de ojos, sino por exceso de fe. Miró tanto con el corazón que la realidad se lo dejó a oscuras.
Sus manos, gastadas de dar, reposan sobre el regazo, aprendiendo la forma del abandono. El corazón, hecho trizas, sigue latiendo por costumbre, por terquedad, por amor.
Cada tarde espera unos pasos que no cruzan el pasillo, nombres que nadie pronuncia, hijos y nietos que siempre prometen mañana. Ciega de mundo, lúcida de esperanza. Porque hay quien no ve, pero sigue creyendo.

