48. Fe es creer en lo que no se ve
Siento las miradas lastimeras apuntando a mi nuca diría que, casi desde que tengo uso de razón. Al principio no apreciaba nada, pero conforme pasaba el tiempo, por una pura cuestión comparativa, fui consciente de que me miraban de manera distinta, como pronunciando «pobrecita» sin usar los labios, solo con el pensamiento.
Al acabar el parvulario, me di cuenta de que la diferencia era que los demás niños iban acompañados de su padre o de su madre, incluso de los dos, a todos los lados. A mí, las que me llevaban al colegio, al médico o al parque eran la abuela Teresa o la tía Encarnita.
Mi madre por el contrario, por mucho que digan que está en el cielo, se queda en casa con mi hermana en su regazo y cuando cierro lo ojos, escucho las nanas que le canta.
Cuando la abuela dice que va a la casa del Señor, pero no se le ve. Yo le pregunto y me comenta que soy pequeña, que más tarde lo entederé, que es una cuestión de fe.
Entonces, me quedo tranquila esperando ese «más tarde» para que la abuela me explique su secreto y yo le cuente el mío.

