21 Hay días que no es el día
Cuando abrió la boca descubrió un Potosí. ¿Cuántas piezas tendría en su sitio? A simple vista como mucho cuatro o cinco. Una exploración detallada le confirmó su acertado juicio: cinco. Iba a llevar tiempo corregir el desaguisado de la naturaleza. Y dinero, aunque este iría directamente a su bolsillo.
-¿Está muy mal, doctor? -Preguntó el padre como si nunca se hubiera fijado en la sonrisa de su retoño. Aunque tal vez, la pobre criatura nunca se atrevía a despegar los labios.
-He visto cosas peores. No se preocupe, Marcelo va a estar irreconocible y en menos tiempo del que piensa -mintió permitiendo que el embaucador esmalte de sus dientes iluminara la consulta.
Sin dilación desplegó el instrumental sobre la mesa, creando confusión en el padre de Marcelo que no sabía si se trataba de herramientas de un taller mecánico o el equipo de tortura de un inquisidor.
Después de una hora la boca del jovencito parecía una chatarrería. Padre e hijo salieron de la consulta obnubilados con la esperanza de un futuro mejor. Cruzaron la calle sin mirar el semáforo, el conductor iba leyendo los mensajes del móvil y el asfalto se inundó de dientes, alambres, pelo y masa cerebral.


Qué disgustito se va a llevar el dentista, su Potosí le va a saber a poco. Pasamos de un desorden humorístico a un final terrorífico que pone los pelos de punta. Humor muy negro.
Quizá no haya peor desorden que el mental, el de un cerebro que olvida que la prioridad es prestar atención para no perder la vida.
Un abrazo y suerte, Emilio
Pues lo bueno de esta historia es la pasta que se van a ahorrar en la dentadura del niño. Y la que va a dejar de ganar ese buitre. Hay que ser positiva, y tener un poco de humor negro.
Un abrazo y suerte.
Ostras, menudo desaguisado dental y cerebral. Al menos cuando llegó al texto tenía todo el cerebro. Ahora sin dientes y sin futuro. Es cierto: hay días que no. Suerte, Emilio, y un abrazo.