06. ITE, MISSA EST. (Jesús Alfonso Redondo Lavín)
Silencio de campanas. Semana Santa. En el pórtico de la iglesia esperábamos muchos con carracas y yo, niño de seis años, con una matraca de un solo martillo. El asotanado capistol comenzó a girar gesticulando muecas en su cara y contorsionando su cuerpo a ritmo de las vueltas de aquel pesado instrumento, un carracón de casi un metro, anunciando la entrada del cura en la iglesia enfundado en una casulla morada.
Subí al coro. La iglesia rebosaba de vecinos de fe cierta o impostada. Ellas delante con velo en sus cabezas, vela en una mano y un misal en la otra.
Llegó la hora de tinieblas, cuando Jesucristo dijo aquello de “Pater, in manus tuas commendo spiritu meum”. Se apagaron las luces y comenzaron a sonar las carracas. Yo era feliz moviendo aquel artilugio haciendo que su martillo, como un loco, golpease la madera haciendo más ruido que nadie. Pero alguien, amparado en la oscuridad, me arrancó la matraca de las manos. Pegué un grito y me puse a llorar. El cura encendió las luces. El ruido cesó. Solo quedó en la atmósfera un llanto de chiquillo que gritaba: “Me han robado la matrimatraca”. Recuerdo el jolgorio que se armó.


«Fe cierta o impostada» de los adultos, frente al sentido lúdico de un niño. Cada cual, cada situación, la vive a su manera.
Otro epesodio biográfico, ckn los que bien se podría hacer una serie sobre una época que hoy nos parece lejana, pero no lo fue tanto.
Un abrazo y suerte, Jesús
Gracia, Ángel. Como siempre fiel a todos.
La verdad es que las misas en latín tenían un punto místico para entrar en trance que se ha perdido.
Muy buena la anécdota, la inocencia infantil es lo que lo que tiene, que la lía en cualquier lugar.
Un abrazo y suerte.
Gracias Rosalía. Los primeros recuerdos de la infancia no se pierden.
Sencillo, muy identificativo y próximo a un cuento de Navidad musical, este relato de vida diaria en tu pueblo infantil nos acerca a los ambientes que viviste y que nos ayudan a conocerte. Apunto otro dato en tu ficha: eras un llorón.
No me gustaba nada la oscuridad; y menos que me robaran las cosas que apreciaba. Gracias fiel Miguel.