Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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60. La jaula (Elena Bethencourt)

A los cuatro años, miraba las golondrinas y pasaba las horas agitando los brazos hasta que por fin un día salió volando.

—Un niño pájaro, qué vergüenza, las aves llenan de excrementos los alféizares y son tontas además —dijo el abuelo antes de mandar tapiar las ventanas.

De adolescente podía entonar con éxito cualquier melodía. Las palomas se posaban alrededor de la mansión para oírle cantar.

—Cierra el pico de una vez —dijo el padre—. Un cantante, por Dios, este muchacho tan raro será nuestra ruina, nunca se hará cargo del negocio familiar

Casi un hombre, pasaba las horas junto a la jaula del canario. Tú me entiendes, ¿verdad?, le preguntaba.

—Pero ahora hablas con los pájaros también —gritó la madre—. Sigues en las nubes. O vives con los pies en el suelo o te vas.

No dijo ni pío, se puso el traje gris y la corbata, tomó las riendas de la compañía y, en poco tiempo, multiplicó los beneficios por diez.

Ahora trabaja en su enorme despacho en la última planta de un rascacielos.

—Por fin —dicen aliviados—, nuestro hijo es normal.

Cada noche sin falta una canción bella y triste sobrevuela la ciudad.

4 Respuestas

  1. Ángel Saiz Mora

    Muchas vocaciones mueren ahogadas a causa de presiones familiares y por las machaconas circunstancias, por la lógica aplastante de dedicar tiempo (ese bien tan escaso) y energías a rendir pleitesía exclusiva a lo práctico, en total detrimento de los sueños, de los que nunca habría que avergonzarse. Qué hubiera sido de Picasso, en la realidad, o de Juan Salvador Gaviota, en la ficción, de no haber seguido su propio y singular camino; qué sería de todos nosotros de no haber podido disfrutar de su genio.
    La frustración de tu protagonista, por lo que pudo ser y no tuvo ninguna oportunidad para desarrollar, podría derivar en una caída desde ese rascacielos en el que está enjaulado, a plomo, sin vuelo. Esperemos que todo quede en una hermosa canción triste y diaria de desahogo.
    Un abrazo y suerte, Elena

    1. Elena Bethencourt

      Gracias, Ángel, siempre tan amable, buscando tiempo para comentar nuestros relatos y nosotros esperándote:-)

      Mi prota siempre elige volar, no te preocupes, además lo hace de maravilla.

      Un abrazo

  2. ¡Ay! Cuánta tristeza hay en ese relato, Elena. Su mundo, sus sueños y sus placeres eran la vergüenza de la familia, empeñados constantemente en cortarle las alas. Hay tantas jaulas, hasta de oro, pero jaulas. La vergüenza vista desde el otro lado. Preciosa historia. Abrazos y suerte.

    1. Elena Bethencourt

      Hey, Rafa, qué alegría verte, bueno leerte:-) Gracias por comentar, pues le iba a poner de título «La jaula de oro», fíjate, pero creo que ya se sobreentiende y me gustan los títulos cortitos casi siempre.
      Sí, en este he optado por la vergüenza familiar, a veces de padres a hijos y otras de hijos a padres, que también existe.

      Un saludo

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