28. Lo que nunca podrá saber un forense (Toribios)
Ansiaba los viernes por aquel concurso multicolor que le hacía olvidar las amarguras de un trabajo que le hastiaba. Desde la ruptura, se había convertido en un ser asocial que prefería -según decía él mismo- “la paz de su cueva”, antes que la algarada de los bailes de segunda oportunidad. Así que, se arrebujó en su manta preferida y se dispuso a gozar de un rato de diversión reparadora.
Pasó un rato y se fue quedando un tanto aletargado. Cuando abrió los ojos, las imágenes coloridas y vibrantes se habían trocado en fotogramas antañones en un blanco y negro en consonancia con unos presentadores endomingados, de voces altisonantes y dicción esmerada.
Instintivamente se acercó a la pantalla y le dio unos recios golpes. ¿Pero dónde se golpea una pantalla plana? Pues en aquella superficie amplia, sobre el tapete de ganchillo. ¿Estaré soñando? Fue lo primero que pensó, justo antes de que entrara en la sala su abuela, con su melena blanca y su bata de guata, como la recordaba.
Vino hacia él y le abrazó. Rodeó de calor su alma atormentada y su pequeño cuerpo de muchacho. Y sintió la tranquilidad de quien se sabe a salvo de todo mal.


Tu protagonista, sea sueño o realidad, necesitaba, tras su trauma personal, volver a encontrarse a sí mismo, a la sencillez de un pasado en el que se sentía arropado y querido, con menos colorines, pero más autenticidad.
Esas televisiones con el tapete de ganchillo son parte de la vida de muchos de nosotros.
Un abrazo y suerte, Antonio
Gracias, Ángel, siempre al pie del cañón. Ay, los tapetes de ganchillo. A veces faltaban muebles para poner todos los que las abuelas tejían. Tienes razón, a veces el b/n es más auténtico. Un abrazo.
Realidad y fantasía (o ensoñación, imaginación, anhelo), presente y pasado, colorines frente al blanco y negro… perfectamente ensamblados de forma que todo parezca natural y creíble.
Gracias, Edita, por el comentario.
Un viaje del color al blanco y negro, a un pasado más cálido y amable. De la «paz de su cueva» a otra paz más ¿definitiva? En cualquier caso, un gran viaje y un gran cuento.
Saludos y suerte, Antonio
Gracias, Gabriel, me alegro que te guste. Un abrazo.
Entre ensoñaciones o realidades, creas un pequeño universo vital en el que se intuyen claros y oscuros también, en el que la paz orbita como un satélite al que, como un astronauta principiante, llega de la mano de la experiencia de su ascendiente, que maneja la situación como mejor sabe, con ese amor incondicional de abuela.
Mucha suerte, Antonio.
Saludos
Gracias, Paloma. Las abuelas están para algo. Un abrazo.
Un viaje al pasado, no sabemos si soñando o mediante otro fenómeno ajeno a nuestra comprensión, pero en todo caso maravilloso. Recuperar por un momento el efecto sanador de la imagen de la abuela, seguro que le servirá para afrontar el futuro con más ánimo y esperanza. Sabe que no está solo. Un relato que emociona. Me ha encantado.(Entre nosotros, me hubiera gustado haberlo escrito yo). Mucha suerte, Antonio. Saludos.
Muchas gracias, Juana, por tu entusiasmo. Un abrazo.
Hola Antonio
Un buen relato y un buen giro de guión, con ese concurso, ese tapete y esa pantalla plana q se vuelve ancha.
Enhorabuena
Saludos, Alberto, y muchas gracias por tu comentario. Sin tapetes la vida ya no es lo que era…
Cuántos recuerdos caben en un tapete de ganchillo, y qué buenas las abuelas.
Por cierto, muy bueno lo de «bailes de segunda oportunidad».
Un abrazo y suerte.
Gracias, Rosalía. Abuelas y ganchillo, un gran tandem. Y sí, de segunda oportunidad, o de tercera… Siempre hay tiempo para la felicidad. Saludos.
Bueno, bueno, pues parece que este hombre, hastiado ya de su vida en color, se ha quedado atrapado en la siesta que lo ha transportado al blanco y negro. Recuerdo perfectamente reconocible: la tele, el tapete de ganchillo y la abuela. Por el título, adivino que ya no va a despertarse, pero oye, allí parece estar a gusto. Mucha suerte y un abrazo fuerte.
Pues sí, me temo que se queda en el b/n. Lo iba a titulas «El cerillero», porque se parece un poco a ese cuento tristísimo de la niña que vendía cerillas, pero al final usé este título-acertijo, que no sé si es el mejor… Muchas gracias, por el comentario.
El pobre se fue ya para la otra vida -según el título nos cuenta-, pero lo hizo acompañado de su abuela, con todo el amor que saben dar ellas (ah, y con la tele en B/N, por supuesto).
Buen giro final.
Un saludo, Antonio.
Carme.
Un saludo, M. Carme y gracias por entrar a comentar.
Un emotivo relato, confeccionado con pinceladas de nostalgia que abrigan el corazón. ¡Felicidades, Antonio!