Los diez pilares que sustentan mi fe (Alberto BF)
Mi vida de sacerdote no es un camino de rosas, pero, pese a la adversidad, hay diez motivos que me impulsan a continuar siendo un hombre de fe. Cuando flaqueo, que alguna vez ocurre, me ayuda mucho escribirlos en un papel:
Uno: Jorge. Buen chico. Tímido y guapo, de padres necesitados.
Dos: Manuel. Regalo del Cielo. Tierno y sumiso. Sin familia paterna, y con madre drogadicta.
Tres: Santiago. Un querubín. Rubito y desamparado, proveniente del hospicio de las Carmelitas.
Cuatro: Oksana, la niña huérfana y obediente que perdió a sus padres cuando huían de la guerra.
Cinco: Daniel, el simpático y complaciente zagal de nuestra feligresa catequista.
Seis: Eduardo, el mocetón imberbe que ingresó, confundido, en el seminario.
Siete: Mis amados compañeros, que saben cuándo deben mirar para otro lado.
Ocho: El obispo bondadoso, que defiende en público la honorabilidad de mis actos.
Nueve: Los políticos y jueces de turno, que me permiten seguir viviendo en armonía con mis vecinos.
Y diez, y más importante: El Señor, que me eligió entre la multitud para guiar a su pueblo por el buen camino.
Es triste decirlo, pero sin conductas ejemplares como la mía, estaríamos rodeados de irredentos pecadores.


Madre mía, Alberto, menudo pieza te has buscado. Y rodeado de gentuza a juego. Me temo que es una historia con muchos visos de realidad, por desgracia.
Un abrazote.