Luchar contra los elementos
Fe ciega en él tenían. Siempre lo buscaban cuando algo no cuadraba. Él lo ajustaría. Tan meticuloso. Corrigiendo errores, eligiendo la opción más apropiada. Un empleado sin par. En la vida privada, el yerno ideal. En un pedestal lo ponían.
Es verdad que esta vez su plan acumulaba imponderables. Primero, el tamaño y la velocidad del vehículo elegido, el momento del cruce, el ángulo de choque. Luego, la espera. Cuando ella acudiese al hospital, él, todavía convaleciente, se lo confesaría. El factor compasivo jugaría a su favor. El amor que le profesaba era superior a cualquier contingencia, lo juraría por sus hijos futuros.
Iba a quemar sus naves con un único objetivo: neutralizar ese maldito wasap enviado al destinatario equivocado que él se negaba a catalogar como desliz imperdonable. El sinuoso itinerario era el calvario redentor. Qué frase más redonda, la incorporaría a su repertorio. La fe mueve montañas, se enardeció. Ya se veía dando carpetazo al asunto. Y su reputación, a salvo una vez más.
Con determinación pisó la calzada. Se había puesto a llover.

