91. Madrid s. XXI
Como las rapaces que han perdido el filo de sus garras porque ya solo esperan la carroña del atropello, las cigüeñas que no migran han alargado sus picos al acecho de progenitores distraídos e indecisos. Impresionan con sus libreas, impávidas, encaramadas a cientos sobre las farolas de la M-50, dispuestas a servir bebés.
A María, estragados cuerpo y alma con aguas milagrosas, cócteles de hormonas, sacrificios inconfesables, velas inverosímiles, amuletos diversos, luz de luna y oraciones a San Ramón, se le deshilacharon la esperanza y las ganas con los años. Atrapada en el atasco, le tiemblan las manos sobre el volante y apenas levanta la mirada hacia el ejército de pájaros que observa el discurrir lento de los vehículos. Fantasea con recuperar el anhelo, esta vez sola, y prescindir de las ventajas de ser dueña absoluta de sus días.
No recuerda haber leído ningún caso de embarazo por las cigüeñas desesperadas, ni se explica el posible mecanismo. Quizá sea todo una leyenda urbana. Aun así, casi sin pensarlo, fija la vista en un ejemplar cercano y susurra «aquí estoy». El ave extiende las alas y alza el vuelo.
Antes de llegar a casa compra, ilusionada, un test en la farmacia.

