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Hoy pasta el ganado en la colina que limitan las limpias aguas del Miera y el Aguanaz.
De aquel bosque no queda recuerdo, solo queda…“el nombre”.
Para vestir de quilla a perilla, en las atarazanas de Guarnizo, carabelas, galeras y galeones, fueron cortados los robles más sólidos. Se diezmó la foresta. La sierra y el tronzón, incansables, rumiaron nuestra “selva” trasmerana. Los urogallos atontados por el chute hormonal de sus amores, fueron merienda fácil de leñadores.
Huyeron los corzos, los jabalíes y los lobos.
Después llegó lo peor, las pequeñas piras de humo de lento ascenso de los humildes carboneros de carbón vegetal desaparecieron.
Las fábricas de cañones de Riotuerto y Liérganes devoraban energía. Todo valía, tanto troncos como ramas. No se hacía ni selección ni reposición, se arrasaba.
La madera que no terminó siendo trabajada para construir las cureñas y cureñines de las armas navales, terminó hecha picón en la barriga de los hornos de las fábricas cañoneras. Aun no se utilizaba el carbón mineral y fundir en moldes fusiformes el hierro de Cabárceno, exigía toneladas ingentes del vegetal.
Todo en El Bosque de Entrambasaguas fue victima del hacha, incluso el patrón de su vistosa iglesia: San Juan degollado.
Caminaba en el bosque. No sabía adónde iba, ni el porqué de sus pasos. Pero allí, entre los árboles, se sentía acogido por el verdor palpitante de la vida.
Se había despertado de madrugada para ver las constelaciones. Era uno de sus alimentos: las estrellas y sus nombres, las nebulosas, los cúmulos, las gigantes enanas.
Cogió un abrigo y salió a la noche. Así fue como se encontró en el bosque inmenso, inmenso como su tristeza. Caminar en la noche frondosa le resultaba algo atávico, que no podía ni quería controlar. Entre los troncos se sentía seguro, en paz.
Las cortezas emanaron un ligero efluvio, el suelo chasqueó bajo sus pies y únicamente extrañó el titilar celeste. Tropezó con ramas, apartándolas sin temor. Sentía que el bosque le pertenecía de siempre, que los árboles eran su familia, que lo protegerían, que le darían el amor que nunca tuvo. Fue de este modo como lo encontré, abrazado a un árbol y con las extremidades enroscadas a un tronco. Del torso nacían brotes nuevos y por su piel se paseaban bichos minúsculos, arañas y lentos escarabajos. Le adiviné una sonrisa sosegada. Los ojos aún reflejaban el brillo de las estrellas.
Salió al jardín y se sentó en la tumbona, frente a la montaña. Era una mañana fresca, con el sol oculto por algunos jirones de niebla trepando por las laderas. Iba a comenzar a leer cuando, por el rabillo del ojo, un movimiento le hizo volver la cabeza y sonreír. Allí estaba el mirlo cojo, caminando a saltitos cerca de ella, a la caza de algún insecto. Lo vio capturar un saltamontes, sostenerlo en el pico y escabullirse entre las ramas camino del nido.
… vuestra buena acogida es un estupendo regalo navideño… gracias.
Quería advertiros dos cosas. El formulario falla a veces y no os dejará enviar los relatos si tienen más de 200 palabras. Podéis utilizar el mail para enviarlos para total confianza de que nos llega.
Otra de las dudas que me consultan: intento hacer un par de entradas al blog diarias para publicar lo que nos va llegando, pero es posible que algún día sólo pueda hacerlo en una ocasión, así que no os preocpuéis si vuestro relato no se publica inmediatamente (no está automatizado y requiere de nuestra preparación); pero reclamádmelo si han pasado 24 horas, porque entonces sí que es posible que NO nos haya llegado.
Estamos tremendamente contentos con la aceptación de este blog… en nombre de las gentes del Molino de Bonaco y del Sendero del Agua queremos agradeceros vuestra participación y la larga lista de mensajes y correos que nos habéis enviado valorando tan amablemente esta iniciativa.
Paso la mayor parte del tiempo correteando por los troncos de los robles y de las hayas. Me encanta pasar la mañana saltando de copa en copa, emborrachándome con los olores de los pinos. A veces descanso un momento sobre la rama de un abeto para escuchar el canto del petirrojo. Aunque no puedo despistarme y aguzo el oído por si se acerca algún animal no bienvenido. Cuando aprieta el hambre busco bellotas, nueces, cualquier alimento que pueda sacar de la vegetación o que esté caído en el suelo. Lo llevo firmemente entre mis manos de ardilla y ágilmente alcanzo uno de los agujeros que algún pájaro carpintero diseñó para dar cuenta del festín. Tengo unos dientes afilados y largos que pueden abrir cualquier cáscara que recubra los frutos. No se me resiste nada. Después vuelo de árbol en árbol buscando algún amigo para jugar. Y me encuentro felizmente con una comadreja. Ella alaba la forma de mi cola peluda y mullida que me guía en el aire, y yo le cuento las últimas novedades de las alturas.
Sabía que se estaba haciendo mayor: cada vez le costaba más trepar por los árboles y ya no era tan ágil como antes. Sin embargo, creía que todavía podía aportar experiencia y sabiduría al grupo y mientras se valiera por si misma seguiría impartiendo sus enseñanzas. Pero un día, su cansada vista le jugó una mala pasada y lo que ella pensaba que era una tierna castaña resultó ser una pequeña piedra que hizo que su preciado y blanco diente saltara por los aires. El grito de dolor se oyó por todo el bosque y sus habitantes corrieron a ver qué había ocurrido. La anciana ardilla, creyendo que se había convertido en una carga incapaz de alimentarse por sí misma huyó lo más rápido que pudo y cuando el resto de los animales encontraron el diente partido y vieron las huellas de su amiga no pudieron contener las lágrimas sabiendo que jamás volverían a verla. El joven tejón enterró la pequeña pieza de marfil en la fértil tierra y de repente comenzó a llover con armónica suavidad. Un increíble árbol brotó. Y de sus ramas colgaron las más tiernas castañas que jamás se pudieron comer en aquel bosque.
Cándido despertar sonoro de las luces. Ingenua hora la de la luz del alba. Desperezado el día, columpia sus reflejos en gotas de rocío no estrenadas. Aromas nuevos a trufa oculta, a humus, a bayas, a frutos y a madera. Brotes menudos entre ramas traviesas jugando a ser un árbol. Roces secretos entre las tenues hojas que aún se esconden. Y en alguna parte pájaros sabios que anuncian canturreando sus distancias. En esa vieja lucha, fiel a su espacio el ave, astuta, vigilante, sigue clamando al cielo su lugar en la tierra. Por todas partes, ignorando el murmullo de verdes, orugas laboriosas, nidos sin dueño, agujeros labrados por la hormiga en la roca, madrigueras, refugios, pequeñas cuevas codiciadas, trampas, cornisas y atalayas.
Al claro del bosque, donde la mamá de Bambi lengüeteaba la piel moteada de su hijo, fueron llegando Hansel y Gretel buscando la casita de chocolate; Pulgarcito y sus hermanos ya sin más migas de pan; una despistada Caperucita Roja buscando el camino para llegar a casa de su abuelita y los siete enanitos de Blancanieves, a lo suyo, cruzaron marciales al son:
-«♫ I go, I go»…
Apareció medrosa Cosette con su cubo de agua musitando:
– ♫ Miedo me da la oscuridad, sola no me atrevo a ir…
Y mis amiguitas de la escuela cantaban a coro saltando en corro:
-♫ Jugando al escondite en el bosque anocheció; el cuco cantaba el miedo nos quitó, cu cu; cu cu …
El príncipe de la bella durmiente a mandobles cortaba los hechizados zarzales y Robin Hood y sus amigos de Sherwood saltaban por las quimas de árbol en árbol.
De pronto un torbellino alargó las figuras aplastándolas contra las paredes de un gran embudo en acelerada vorágine descendente hacia lo oscuro de una sima.
Todo quedo negro.
Alguien me zarandeó.
– ¡Mamá tienes que tomarte la pastilla!.
-¿Quién es ésta que quiere que beba el vaso de agua?…
Mis pasos avanzan por este camino de hojas y helechos desde donde sube una fragancia a floresta que se enreda en mi pelo, se libera y asciende hasta quedar atrapada en las copas de los pinos que observan el caminar dubitativo del que no sabe a donde va porque quizá no quiere ir a ningún lado, sino más bien quedarse y seguir caminando por uno y otro senderos, y contemplar la luz refulgente, diamantina que se filtra desde lo alto, desde un cielo silente que lo abarca todo incluso este bosque en donde me pierdo y en donde mis pasos avanzan por este camino de hojas y helechos..
Siéntate, sólo escucha. Hay un rumor atávico de hojas agitadas, un susurro de agua nueva que fluye serena.
No abras los ojos, aspira. El aroma húmedo de la tierra antigua, los acres vapores de la hojarasca mullida, las flores.
Mira, desde tu luz el rocío escarchado de la noche, la vibrante telaraña entre las ramas, los nidos trabajados con esmero.
Acerca a tus labios la dulce mora, el esbelto hinojo, el berro humilde.
Camina sin agobio sobre la alfombra verde y ocre de los prados.
Todo es tuyo y tú de ello. Y haz sólo una cosa: Ámalo.
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