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Suena el teléfono en la casa de chocolate y caramelo. El bosque de regaliz huele a vainilla y un río de sabor frambuesa atraviesa el jardín de gominolas.
-Alojamiento rural La caja de cristal, ¿en qué puedo ayudarle?
La joven rubia y de sonrisa abierta selecciona enter de su página web.
– ¿Para qué semana necesitaría hacer su reserva?
La página web se abre. Calendario. Clic.
-Sí, está disponible.
Sus largos dedos rosas seleccionan Reservas. Clic
-¿Cuántos serían ustedes?…
Selecciona, número, clic.
Un hombre joven mira nostálgico hacia el bosque. ¿Habrá sido un error abandonarlo todo por esta aventura descabellada?
-Tomo nota de sus datos. Clic.
– Nombre, DNI, Visa…clic
-Muchas gracias. Estamos a su disposición… esperamos su llegada…no dude en llamarnos …quedarán encantados … gracias…hasta pronto…
La conversación telefónica termina y otra amorosa comienza. Las dudas se disuelven en la mente del varón como los azucarillos en el río de frambuesa.
Alguien presencia la escena. Está enfadado porque hoy no ha ido al bosque de regaliz con sus seis compañeros.
-Ya lo creo que quedarán encantados- farfulla entre dientes
Con el alma aún entumecida. Ahogado en una profunda tristeza decidió, al levantarse, dar un largo paseo por su bosque. Suyo, pues en él se había criado. Largo pues no pensaba volver. Necesitaba despejarse de tanto sufrimiento admirando los lugares que lo vieron hacerse un hombre. Cuanta tranquilidad le producía, en especial, aquel paraje, aquellos árboles y sus flores fucsias, rojas, blancas y verdes, como si fuera el jardín de Claude Monet. Las luces, las sombras, un todo que se convertía en paz absoluta. Cuanto bien le había hecho aquel paseo. Ya no sufría, sólo admiraba como la brisa rozaba las flores en un vaivén sin fin. Cerró los ojos y sintió como se convertía en una flor más de las que crecían en su bosque, arrullado por la brisa. Ya no estaría triste y solo nunca más.
La tierra cedía blanda bajo su peso.
Los músculos se tensaban y destensaban en un ritmo trepidante.
Los belfos húmedos temblaban al compás de la galopada.
El corazón bombeaba con fuerza sangre renovada a todos sus órganos.
Corría con la cabeza pegada al pecho embistiendo el aire terso…
En una oleada armónica los colores y olores volvieron a sus sentidos.
El verde intenso de la pradera, la línea blanca del tronco del abedul, el rosado roquedo al amanecer, el frescor del agua del riachuelo, la ternura del trébol …
La historia volvía a empezar.
El bisonte, por fin, había escapado de su piedra.
Buscaron donde guarecerse del chaparrón. Una vetusta inmensa encina, de talante acogedor, les dio amparo. El árbol tenía en su tronco una gran hendidura vertical, del tamaño de una persona. Se sentaron bajo su generosa, tupida copa y sacaron la merienda. Los quesos, el pan, el vino y los higos. Hablaron del paso del tiempo, también de nimiedades.
Descuidaron al chico, por eso tardaron algún tiempo en notar su ausencia. Rastrearon los matorrales vecinos, y el borde de la lagunilla. Se alejaron incluso, pensando que se habría extraviado por otros caminos. La lluvia había cesado, pero las gotas seguían cayendo, porque el bosque rezumaba aún humedades. Llamaban al muchacho y, ayudados por el eco, asustaban con sus gritos a los animales del monte. Unas huellas del desaparecido se perdían a los pies de la encina.
El viejo arbusto siempre había dado cobijo a todo aquel que lo necesitara. El gran boquete del leño era la puerta a otros mundos.
Contó mentalmente al grupo.
Un leve carraspeo.
-Señores- su voz sonó clara y trágica en medio del bosque.
Se hizo el silencio.
Miró desconfiado al recien llegado.
– Nos encontramos frente a una de las mejores obras del artista. Podrán observar las múltiples gamas de verdes combinadas con las cálidas notas del tronco de los árboles. El pintor insiste en la importancia del color de ahí esa pincelada fluida y evanescente. El color superando la forma. Es el impresionismo.-
Miró con aire de suficiencia al nuevo.
Se agachó y volvió a cargar con determinación el marco de madera de 81,4 cm x 66 cm.
Tras unos segundos de indecisión,el intruso corrió tras el guía dejando en el aire un leve murmullo de hojarasca.
Padre e hijo habían decidido acampar en el bosque, tratando de huir de ese otro bosque hostil que era la gran ciudad, la que se daba el gusto de engullir hasta los sueños de sus habitantes. En cambio, allí, en el bosque, la naturaleza era una explosión descontrolada de vida, de libertad y de encuentro.
Aquel era un bosque triste, callado, sin gracia y sin alma. Los pájaros no tenían voluntad de alegrarlo con sus trinos, ni el agua del río, de arrullarlo con sus ecos. Las sombras se veían apagadas, y los árboles, solitarios en sus alturas. La vegetación del suelo había comenzado a perder sus hojas, y la que no, se secaba sin remedio. El aire ya no era puro porque se había olvidado de correr detrás de los sueños, y allí, estancado, acumulaba un tiempo sin retornos.
Mientras su hijo corría tras la pelota en el calvero del bosque, la mujer, guiada por el instinto de supervivencia, se aproximó a un viejo roble. Tras contemplarlo durante un largo minuto, la joven madre, en un impulso, envolvió el tronco del roble en un emotivo abrazo. El niño, que había seguido los movimientos de su madre con el rabillo del ojo, atraído por el extraño gesto de su progenitora, corrió hacia el árbol y, al instante, se sumó al abrazo. Y, entonces, ocurrió el prodigio que madre e hijo jamás olvidarían: entretanto sentían que la savia corría por sus venas, las raíces del viejo árbol se nutrieron con la sangre de la vida. Fue en ese instante cuando un coro de pájaros interpretó las notas del Himno a la Alegría.
Era tarde, pero no demasiado tarde. Aún tenía tiempo de encontrarla. La buscó durante las siguientes horas, y, cuando todo parecía perdido, en el último minuto de la noche, la encontró. Estaba temblando en el bosque, junto a una encina.
-¿Tienes frío?
-No.
-Entonces, ¿por qué tiemblas?
-Temía que esta vez no me encontraras.
-Tonta. Ven a mis brazos.
Y la aurora y la noche se fundieron en la luz del alba.
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