97. Penitencia
Desde entonces no ha vuelto a conducir. De hecho, evita salir de casa tanto como puede. Tiene los ojos hinchados. Duerme poco y llora mucho. Mira vídeos del pequeño donde están felices y risueños, jugando, cantando, riendo… ¡Esas palabras le quedan ahora tan lejos! Bebe café para no dormir, bueno, para eludir las pesadillas. El café que aquel día decidió no tomar porque tenía prisa por dejar a Mario antes de su reunión. El café que podría haberle ahorrado el tormento en que se ha transformado su vida.
Y repite, cual mantra, la pregunta sempiterna: ¿cómo puede ser que no viera ese enorme camión en el carril contiguo?. Y de nuevo la imagen que persiste en sus retinas, esa mitad derecha del vehículo convertida en chatarra. Y ese deseo imposible de que fuese la mitad izquierda la devastada…
Sería muy fácil usar una caja de pastillas y acabar de una vez. Pero es católica. Tener prohibido matarse es parte de su castigo y sabe que luego merece pasar toda la eternidad en el infierno. Mientras espera su muerte, reproduce en bucle las escenas con su hijo y lo llora a mares.


Un drama de los gordos. Y encima no puede ahorrarse ni un minuto de martirio. Y , aunque esto sea un relato, podría haber sido real.
No se merece ese sufrimiento gratuito.
Pura desesperanza!
Una historia para no dormir. Bastante dura es la vida, a veces, para que además nos dicten lo que podemos o no hacer con ella, o para que nos obliguen a sufrir un dolor infinito por miedo a recibir después un castigo eterno.
Mucha suerte con tu propuesta, Carme.
Un abrazo.