Therian
Todo comenzó cuando adoptamos a Yaki, que pasó a ser uno más en ese proyecto de familia que pensábamos formar. Cuando quedábamos con nuestros amigos, casi todos padres primerizos, nos mostraban a sus bebés. Nosotros, a falta de niños, presumíamos de nuestro cánido como si de un hijo se tratara.
Tras la llegada de Daniel, nuestro primer hijo, todo se desordenó en nuestro universo familiar. A partir de ese momento Yaki pasó de perrhijo único a ser el mayor de los hermanos, con el consiguiente síndrome de príncipe destronado. Daniel, por el contrario, desde su más tierna infancia, creció compartiendo miradas, cuidados y atenciones con su perrihermano mayor. Cuando tuvo uso de razón y se percató que aquello no era normal, comenzaron sus reinvindicaciones. Él no tenía hermanos, él era el primogénito y único vástago, y pelearía por el lugar que por derecho merecía. Nada cambió, y sus demandas y exigencias cayeron en saco roto.
Una mañana se levantó ladrando, cosa normal en la pre-adolescencia. Y tras relamer el plato del desayuno, le confesó a su padres que se sentía perro, un pastor belga concretamente. Sus padres emocionados, le abrazaron compresivos. Yaki levantó sus orejas. Desde entonces ambos son inseparables.
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