84. TRES HERMANAS
Nunca esperaban a que tocasen a Misa de doce. Salían media hora antes de casa, en fila india, con el velo cubriendo sus cabezas. Rita era la primera en entrar a la iglesia siempre. Mojaba las yemas de los dedos en el agua bendita y empezaba a susurrar un rezo incomprensible e interminable. Flora la seguía a corta distancia, santiguándose una y otra vez y muy atenta a ver si veía al párroco, Don Ifigenio, salir de la sacristía y por último Dorita, con su rosario en la mano, se dirigía sigilosamente a la figura de San Antonio de Padua y se arrodillaba ante él mirándole con arrobo. Las tres hermanas vivían las mañanas de los domingos siempre igual. Rita, en su oración interminable, pedía que Dios no permitiera que Flora engendrara un hijo bastardo, fruto del pecado. Flora suplicaba al Altísimo que no alejara de su lecho a Don Ifigenio y Dorita, convencida de la eficacia milagrera de su santo favorito, le pedía, domingo tras domingo, que llamara, cuanto antes, a sus hermanas a compartir con él el reino de los cielos, dejándola a ella de dueña y señora de su vida y de paso, de la casa.


¡Menudo trío! Aynssss si es que creo que poca gente usa el rezo y la fe como es debido. Suele ser en interés propio y no para el bien común.
Buena historia que lo corrobora.
Un saludo