79. Yo soy la puerta
Cambié el itinerario de vuelta a casa para evitar el quiosco de Roque, habíamos discutido y no quería verlo. Fui por la plazuela. Al pasar por la iglesia, vi la puerta abierta y me animé a entrar, hacía tiempo que no la pisaba. Enseguida, me cautivó el aroma a olíbano, el ambiente fresco, el silencio. Apenas había una docena de feligreses esperando la misa de víspera. Me senté en la última fila junto al confesionario y bajé el reclinatorio despacito para evitar cualquier ruido, pero las bisagras emitieron un chirrido traicionero que llegó hasta la sacristía. El párroco asomó la cabeza por el ventanuco que da al presbiterio y, a pesar de la distancia, vio mis pies descansando sobre el reclinatorio.
《Es para las rodillas》, refunfuñó.
¿Cómo ha podido verme?, pensé mientras me levantaba. Me acerqué al lampadario y eché un euro en la caja de ofrendas que, al caer, provocó un estruendo espantoso. Encendí mi velita. Luego, prendí otra, por Roque. Sí, para hacer las paces, estaba pidiendo cuando el párroco se asomó por el ventanuco.
《Un euro cada vela》, dijo con altanería.
No contesté. Salí por la misma puerta por donde entré, camino hacia el quiosco de Roque.


Que relato mas sentido, bien escrito y redondo. Gracias.