17. Hogar
Iba a decirle a Flori que si quería entrar, que había hecho galletas de canela, agradecida por subirle hasta la buhardilla lo de la farmacia y sacarle la basura. Pero al verla tan derrotada y triste no se ha atrevido.
Flori regresa a la portería. Vive ahí, en ese cuartucho. Hay un hueco con inodoro y lavabo, una camita plegable, unas baldas con bayetas, botellas de amoníaco y algo de ropa. Junto a la fregona, unos paquetes de Amazon para el del cuarto izquierda, que nunca está. Llena un cubo con agua y jabón y lo vierte en los meados de la fachada.
Después entra y corre el cerrojo. Enciende el hornillo, pone leche a calentar, se sienta en la banqueta. Relee la carta certificada que llegó hace unas semanas. Está arrugada, de tanto manosearla. Habla de la instalación del ascensor, del hueco de la escalera, del plazo para irse. Machaca uno a uno los treinta ansiolíticos que cogió a la vecina. Los echa al tazón.
Da un sorbo, arruga la nariz, añade azúcar. Las manos no dejan de temblarle mientras remueve con la cucharilla.
Solloza en silencio, se traga las lágrimas, ahoga los hipidos.
Se queda fría la bebida.


Un tema muy delicado, del que poco se habla, del que no quiere hablarse, por miedo, dicen, a la imitación. Hay personas que lo tienen todo en contra, que no solo les faltan medios, también motivos para seguir adelante. Nadie más que las personas desesperadas pueden dilucidar si la decisión de quitarse la vida es valiente, o todo lo contrario, una cobardía por no saber o no querer plantar cara a los problemas.
Un relato para la reflexión.
Un abrazo y suerte, Susana