54. El plano inclinado (Elena Bethencourt)
Nuestra montaña era preciosa, pero tenía un inconveniente: estaba en el interior del país. Hacía mucho frío o un calor insoportable. Por eso, soñábamos con vivir cerca del mar. El deseo era tan grande que, cuando el padre Damián dijo en misa que la fe movía montañas, rezamos y suplicamos hasta que por fin oímos el rugido del océano. Al abrir las ventanas, la brisa marina entró en las casas y vimos cómo nuestra montaña —con todos sus habitantes— era ahora una isla flotante en el mar.
El clima era apacible y la pesca abundante, y nos resultó fácil acostumbrarnos a la vida costera con sus baños de sol y sal. Éramos muy felices, pero enseguida el alcalde empezó a encontrar defectos: que si teníamos demasiadas cuestas, poco espacio, una economía limitada… “Necesitamos un aeropuerto, hoteles y turistas”, repetía. Nos pidió fe otra vez: si desmontábamos la montaña, podríamos ganar terreno al mar.
Sin casi darnos cuenta, las promotoras excavaron y extrajeron toda la tierra de la montaña, la extendieron y apisonaron a lo largo del nuevo litoral.
Cuando reaccionamos, ya habitábamos la isla más plana del mundo. Tan plana que desapareció con la primera ola del primer temporal.

