54. El plano inclinado (Elena Bethencourt)
Nuestra montaña era preciosa, pero tenía un inconveniente: estaba en el interior del país. Hacía mucho frío o un calor insoportable. Por eso, soñábamos con vivir cerca del mar. El deseo era tan grande que, cuando el padre Damián dijo en misa que la fe movía montañas, rezamos y suplicamos hasta que por fin oímos el rugido del océano. Al abrir las ventanas, la brisa marina entró en las casas y vimos cómo nuestra montaña —con todos sus habitantes— era ahora una isla flotante en el mar.
El clima era apacible y la pesca abundante, y nos resultó fácil acostumbrarnos a la vida costera con sus baños de sol y sal. Éramos muy felices, pero enseguida el alcalde empezó a encontrar defectos: que si teníamos demasiadas cuestas, poco espacio, una economía limitada… “Necesitamos un aeropuerto, hoteles y turistas”, repetía. Nos pidió fe otra vez: si desmontábamos la montaña, podríamos ganar terreno al mar.
Sin casi darnos cuenta, las promotoras excavaron y extrajeron toda la tierra de la montaña, la extendieron y apisonaron a lo largo del nuevo litoral.
Cuando reaccionamos, ya habitábamos la isla más plana del mundo. Tan plana que desapareció con la primera ola del primer temporal.


Nunca estamos del todo conformes con nada, incluso cuando se produce un milagro fruto de la esperanza en que podría suceder, lo acabamos estropeando, y eso ya no hay fe que lo arregle.
Un abrazo y suerte, Elena
No solo la fe mueve montañas, también la avaricia. Muy bien hilado y muy realista, por desgracia. Tenían que haber tirado al alcalde al mar nada más abrir la boca.
Me encanta la imagen de los baños de sol y sal.
Un abrazo, Elena.
Me gusta eso de tirarlo al mar. Lo tendré en cuenta para la próxima vez. 🙂
Cierto, deberíamos ser más agradecidos. Nunca se sabe cuando echarás en falta eso que no aprecias ahora.
Hay que tener cuidado con lo que se desea. Jajajaja.
Un relato muy ocurrente y con un final que es una sentencia.
Un abrazo
Es verdad, a veces es mejor quedarnos como estamos:-)
Elena en estado puro, derramando el mar. Genial, as usual. ¡Abrazo!
Cierto, la cabra tira pal monte. Y los isleños pal mar.
La fe mueve montañas y la avaricia rompe el saco, ejemplo práctico de dos refranes en un solo relato. Un abrazo y suerte, Elena.
Ah, pues mira, no había pensado en la avaricia rompe el saco, pero sí, cierto.
Si es que no se puede tener todo. Vivir cerca del mar mola, mola demasiado. Por eso todo el mundo quiere vivir junto a él y luego pasa lo que pasa. Justo lo que has contado de una manera tan bonita.
Un abrazo y suerte.
Me alegra de que te guste. El mar enamora, siempre es bonito, incluso cuando está bravo.
Virgencita, virgencita, que me quede como estoy! Tanto pedir para mejorar y al final nada.
I una parábola de la desmedida ambición humana.
Eso pienso yo, que me quede como estoy, que siempre podría ser peor 🙂
Lo que Dios ha hecho que no lo separe el hombre…, ni su fe. Auqnue la fe cambia, sobre todo si hay dinerito por medio. ¡Suerte, Elena, y abrazaco!
Sí, la fé mueve montañas y el dinero las aplasta :-). Abrazos.