87. La arquitecta y el abogado
En el intento de dejar mis reparos tras la maciza puerta, nos pasan a un despacho. Sabes que no lo consigo, aunque me insistas en que tus colegas te lo han recomendado porque es el mejor; que si nos mantenemos en nuestra línea, a las niñas no tiene por qué afectarles; que por probar no perdemos nada.
Pero yo sigo en mis trece, convencida de que el rechazo será inmediato en cuanto descubran que ellas no están bautizadas y ni tú ni yo casados. Por eso, cuando aparece la monja, apenas reparo en ella. Es tal mi inquietud que me sorprendo rogándole al crucifijo que tengo frente a mí que no se nos note el descreimiento y, para más inri, agradeciendo que seas tú quien esté tomando la iniciativa.
Salimos sospechosamente pronto y doy por sentado que tendremos que seguir buscando. No entiendo por qué estás tan sonriente hasta que me preguntas a qué hora quedamos mañana para firmar, con las niñas, para que las conozcan.
—¡Cómo! ¿Ya tenemos colegio? ¿Así, sin más y sin preguntas…?
—Pues claro que tenemos colegio, mujer de poca fe. ¿Sin preguntas? Solo una: a qué nos dedicábamos.

