90. Vía muerta
Últimamente le ronda la sospecha de que una persona puede desaparecer si nadie cree en ella. Lo notó por primera vez cuando una vecina mayor le comentó que no podía ir a pedir una fe de vida. No la volvió a ver. En el trabajo, había un compañero del que nadie parecía recordar el nombre. Una mañana vio su escritorio vacío; no supo decir cuándo había dejado de venir. Quiso contárselo a un amigo con quien llevaba tiempo sin hablar y el teléfono respondió con un mensaje de número inexistente, como si nunca hubiera estado allí.
Ha ido creando rutinas. Se sienta siempre en el mismo bar, a la hora en que está casi vacío, y alarga la conversación con el camarero. Llama a las puertas de los vecinos con cualquier pretexto. Es el último en salir de la oficina; cuenta despedidas como quien siembra un saludo para recogerlo al día siguiente.
Cada mañana se mira en el espejo; solo entonces prepara el café. A veces, mientras lo bebe, observa esa segunda taza silenciosa que no encuentra dueño, y se siente ajeno, como un tren que atraviesa paisajes que no lo ven pasar.


La certeza de que un día seremos olvido es algo propio y, dicen, que exclusivo fe los seres humanos, lo tememos y hacemos lo posible por evitarlo, entre otras cosas, quizá, escribir interesantes historias como este relato, que hace pensar.
Un abrazo y suerte, Lluís.
Muchas gracias, Ángel. Yo creo que el ser humano es esencialmente social y de ahí que la soledad o el olvido sea uno de nuestros problemas existenciales. Otro abrazo y suerte también para ti.
Me ha encantado tu micro, Lluìs, con ese mágico e inquietante inventario de ausencias. Enhorabuena buena y un abrazo, guapo
Gracias por la lectura, Puri, me alegro de que te haya gustado. Con todo lo que hace para «existir», al final, le pesa igualmente la soledad. Un abrazo de vuelta!
Lluís, tu micro es es mágico, con esas ausencias que solo el protagonista parece detectar. Y lo de sembrar saludos para recogerlos a día siguiente me ha parecido tristemente poético.
Un abrazo y suerte.