Cartografía móvil
Al principio sí. Me encantaba aquel mapa que compraste para nuestro viaje. Coloreado con gamas de verdes, marrones y azules. Incluso admiraba el trazo limpio de tu lápiz al diseñar cada etapa sobre él. El orden de tu mente devanando mi caos. Pero, según nos adentrábamos, las jornadas sonaban igual que un diapasón: una sola nota. Y, aunque te propuse improvisar, no admitías variaciones en los itinerarios.
Durante un paréntesis nocturno, tú dormías. Yo, en un arrebato, decidí usar el mapa como mantel. Por la mañana, me sermoneaste al descubrir los cercos secos de mi copa. Y eso que no advertiste las esquinas amarilleadas con mi aburrimiento. Lo doblaste con la precisión de un relojero. Un hilo de arena se deslizó de los pliegues y cayó sobre la mesa por primera vez.
Desde entonces, las dunas avanzaban en la orografía del papel: desplazando riachuelos, cubriendo nuestras rutas marcadas. Y a pesar de todo, te seguiste aferrando a ese mapa alterado. Hasta que nos perdimos. Yo de ti. Tú de mí. Para siempre.

