33. Caótico patrón
No encuentro las llaves. Durante un buen rato revuelvo por toda la casa sin encontrarlas. Miro en los bolsillos de los pantalones, nada. Voy a la lavadora, metí la sudadera manchada; tampoco están.
El último sitio donde las recuerdo es sobre la encimera de las herramientas, cuando limpié el martillo, junto a la cuerda y el cuchillo. Suena el timbre de la puerta. Es esa vieja chismosa, será la siguiente en mi lista improvisada de candidatos.
—¡Buenos días! Creo que alguien se ha dejado las llaves en el buzón —expone poniendo el llavín frente a mi cara
—Gracias ¡Qué cabeza la mía!
Cierro la puerta con apremio, voy al coche y salgo a toda prisa. Me dirijo a mi lugar favorito, recóndito, donde descansar en paz.
Allí, me bajo, abro el maletero, me rasco la cabeza y pienso en dónde enterrar a mi última víctima. No sé a dónde está la anterior. Comienzo a hacer el agujero y, en efecto, está ocupado, creo que fue el ejecutivo que apuñalé en mayo. Tengo que idear un patrón para recordar donde inhumano a mis ejecutados o buscar otro lugar escondido, aquí ya empiezan a faltar hoyos.


Ser caótico no debe de ser lo más aconsejable para un asesino que se precie. Con suerte, su desorden hará justicia. El relato va dejando pistas, que al final cobran todo su sentido.
Quien es desordenado en un aspecto de la vida lo es en todos, los confesables y los que no. El problema para los demás, además de que los tome como objetivo, es que, de cara a la galería, seguramente parezca una persona algo despistada, pero inofensiva.
Un saludo y suerte, Lola