50. Formación
Antes de empezar el curso, medía a los chicos y los colocaba en los pupitres según su talla. Los miraba luego desde la tarima y paseaba despacio de un lado a otro, asintiendo. Con las nuevas directrices, se cambiaron las insignias, se vistió a los alumnos con uniformes y se mezclaron sin tener en cuenta la edad ni la estatura. Su manera de moverse fue entonces distinta: los pasos se volvieron cortos e irregulares y apareció un temblor en sus manos. En el centro se sentaron los adultos, afeitados y con las mandíbulas tensas. Detrás, los adolescentes, con la piel llena de granos y los hombros a medio hacer. Delante, los niños, repeinados y con cara de asombro. En ocasiones, con los ojos muy abiertos, advertía que los que apenas levantaban un palmo del suelo mantenían más aplomo que los demás. El último día que salieron al patio, mientras los mayores apretaban los dientes, los pequeños seguían la maniobra frente a la pared con indiferencia. Entre la maraña de cuerpos, fueron los únicos que conservaron la postura relajada después de que el batallón ejecutase la orden.
Tras contemplarlos, recuperó su andar pausado, la quietud de sus manos y asintió.

