90. El cálido desorden (Luisa Hurtado)
Las botas en mitad del suelo de la habitación y la ropa dejada de cualquier manera sobre la silla le recordaron lo que había sido y de lo que aún huía, el cuerpo de ella bajo la sábana le hablaba de quien era ahora, de lo que tenía y quería conservar. Dejó que la toalla resbalase sobre sus caderas, como al descuido, y miró la cama en la que dormía la intrusa, aquella que le había traído caricias y risas; a su lado había un vacío, en el lado derecho, en el que él siempre dormía; pero, en esta ocasión y no sería la última, se metió en la cama por el lugar que no le correspondía, pegando su piel a la de la mujer, ansioso ya, solo de pensarlo, por hacerse un nudo con ella.

