100. El último pasodoble en París
Julia murió en la primavera del 73, antes de Pentecostés. La prima Virtudes la llamó para darle los detalles del funeral. Su padre vació su habitación y prohibió hablar de ella delante de los niños.
– Se van las mejores – le decían los vecinos al abatido marido dándole palmadas en la espalda.
Cuando supo del fatal desenlace llevaba un año viviendo en París con Paco, un comercial de sopas Maggy. Juntos habían descubierto un mundo que olía recién pintado.
Su madre intentó conectar con el más allá. En sus cartas acusaba a Paco de ser un libertino que había mancillado el buen nombre de la familia. Su padre no volvió a hablarla, murió meses después de un ataque de prejuicios.
La prima Virtudes la visitó para intentar componer el desorden de su cabeza. Tras glosar las bondades de la vida matrimonial le dijo que no todo estaba perdido con su ex y se ofreció a mediar para reconducir la situación. Julia la imaginó ataviada con sus bragas cristianas preparando una copa de brandy Soberano para su marido. La miró tomando el café con el meñique enhiesto y la asustó la certera revelación de que hay vida después de la muerte.

