104. Mecanismo de supervivencia
Al talar el último árbol del bosque encantado los vimos por última vez. Hileras de gnomos gruñones brotaron de las raíces muertas. Enjambres de diminutas sílfides, que primero confundimos con luciérnagas, revoloteaban histéricas en busca del nido del Ave Fénix. Al ratoncito Pérez lo reconocimos enseguida, arrastraba un infinito collar de dientes de leche que, sin suerte, trataba de desenredar de las ramas tronchadas. Papá Noel acudió con su manada de renos al rescate. Tras un aterrizaje forzoso, los viejos, los enfermos y las crías subieron temblorosos a los trineos. Las hadas madrinas los acurrucaron sobre sus regazos en un intento inútil de calmar sus miedos. Los demás caminaban en silencio, arrastrando cofres donde habían arrojado sin orden ni concierto los libros ancestrales, las capas voladoras, las varitas y los polvos mágicos, las pócimas del amor y los ungüentos de la suerte. Seguían a los Reyes Magos, que discutían acalorados sobre el rumbo a seguir tras haber perdido de vista la estela luminosa del astro guía.
Madres y padres, asustados por las trágicas consecuencias de aquella migración, inventaron todo lo demás.


Los bosques deben respetarse, más todavía los encantados, o se corre el riesgo de que todo se vuelva árido, sin espacio para la imaginación y la fantasía. Los padres, que quieren que sus niños lo sigan siendo todo lo que les sea posible, inventaron el secreto de SSMM de Oriente, cuya noche de entrega de regalos es llamada, no en vano, de la ilusión.
Un abrazo y suerte, Elena