07. Los valientes andan solos
De todos los visitantes que acudían al parque este joven solitario me llamó la atención. Creí reconocer en él el espíritu que tanto añoraba. Sentado en una esquina del ventanal y un cuaderno sobre los muslos, miraba al león. Un grueso cristal los separaba. La fiera bostezaba adormilada lejos de su hábitat, mientras el aprendiz lo retaba imaginando correrías por la sabana desplegada como una página en blanco. Unas pisadas me obligaron a desplazarme con rapidez y resguardarme de un impacto sobre mi delicado cuerpo. Me había perdido el momento culminante. Servidumbres de mi condición. Cuando recuperé la compostura, pude comprobar cómo la ambulancia recogía un cuerpo. Al otro lado del cristal me pareció ver a la criatura estremecerse.
Dicen que escribir buenos relatos requiere capacidad de observación, inspiración, mundo interior… Sí, también. Pero lo que los hace perdurables es la transformación. Y hay que tener valor para afrontarla. Kafka lo sabía. Otros perecieron en el intento. Yo doy fe de que él sobrevivió.


Kafka nos hizo creer que tranaformarse en insecto al despertar es posible. Para describir hay que observar, y para escribir, nada como leer a los maestros, al tiempo que se les rinde un merecido homenaje.
Un abrazo y suerte, José Luis