11. Sal en la Boca
Volvió cuando el mar le insistía, con un rumor terco, que por aquellas tierras, su nombre ya no tenía un sitio donde reposar.
Había ensayado ese regreso miles de veces, amontonando coraje y cosiendo retales de excusas que se le deshacían. Ninguna alcanzaba hasta la noche en que zarpó sin despedirse.
El puerto seguía en su sitio —percibió el olor a madera repintada; allí seguían los noráis oxidados y las redes, amontonadas, secándose—, como si aún le permitiera llegar hasta allí. No más lejos.
Nadie aguardaba en el muelle. Ni una sombra. Tampoco él habría sabido a quién buscar.
Ni a los suyos.
Ni a ella. Ni siquiera su nombre encajaba en su voz.
Se quedó mirando la línea de casitas bajas, apenas insinuadas tras la bruma del amanecer. Cada fibra de su cuerpo quería avanzar pero sus pies no dieron un paso.
Escupió al suelo, como si aún llevara dentro aquella despedida que no ocurrió. Entonces rió, seco, y negó con la cabeza.
El mar tenía razón.
El único nombre que le quedaba le llenó la boca de sal.


Dejarlo todo y a todos sin una explicación puede parecer una decisión valiente, pero también puede ser un error cuando el tiempo y el mar dicen a tu protagonista que se equivocó. El problema es que le faltó coraje para volver antes, que cuanto más tiempo pasaba más olvidado quedaba entre aquellos con quien podría haber vivido y en donde encajaba. Ese sabor a sal es lo único que le queda a este personaje, una sensación de vacío, el rastro de algo que se perdió sin posibilidad de retorno, una soledad sin remedio.
Un relato con la tristeza de una decisión mal tomada y el coraje tardío de querer ponerle remedio, de regresar cuando ya nadie le espera.
Un abrazo y suerte, Esperanza.
Se queda abierto: entro en el pueblo, se dio la vuelta, o se quedó varado. Presiento que ninguna solución podía ayudarle.
Un micro el el que la desesperanza gana.
Sal en al boca… Esa sensación califica estupendamente la sensación de pena, de desesperanza, de errores vitales, de tiempo reseco…