78. Nunca perdáis la sonrisa
Cuando ella tenía tres años su padre huyó entre los trigales. Con siete comenzó a vender el pan y el café de estraperlo que le proporcionaba su madre. A los diez salía todas las mañanas del pueblo con un barreño de ropa sucia para lavarla en el río. Con doce años le dijeron que la gente como ella ya no necesitaba ir a la escuela y con quince no la dejaron entrar en una caseta de la Feria por ser hija de quien era. Su padre regresó cuando tenía dieciséis, hecho un despojo humano a causa del hambre y la cárcel. Con dieciocho se fue a servir a la capital, donde no la conocieran. Se casó, volvió al pueblo para ayudar a morir a su madre, devorada por un cáncer, y se hizo cargo de un hermano, hijo de la posguerra, casi veinte años menor que ella, porque a su padre no le quedaba nada de lo que fue. El tiempo le encorvó la espalda y la doblegó en una silla de ruedas, pero siempre que vamos a verla nos dice que nunca, nunca perdamos la sonrisa.


Ostras, cuántas vidas ha habido así. Me recuerda a una generación de mujeres que, a pesar de todas las calamidades, tuvieron el coraje de enfrentarse a su destino con una sonrisa.
Las que vinimos después tenemos más mala uva, y solo sacamos la sonrisa a pasear cuando la vida lo merece.
Unas y otras, hijas de su época.
Un abrazo y suerte.
Una luchadora creíble, una superheroína que bien pudiera haber existido en la vida real, un ejemplo por todo, pero en especial, por esa sonrisa que es más que un gesto, es verdadero coraje, el de no dejarse vencer, como tampoco amargar, por mucho que la vida apriete.
Un abrazo y suerte, Manuel
Hola Manuel:
Fijate que, al leerlo, he intuido que te referías a alguien concreto, a alguien a quien has conocido, ¿me equivoco?
Igualmente, un relato de vida fascinante y un claro ejemplo de coraje.
Enhorabuena y suerte.
Un abrazo, compañero