79. El vaso colmado (Luisa Hurtado)
Cuando volvemos mi hermana y yo del cole y entramos en casa, madre sale a nuestro encuentro pidiéndonos con un gesto que no hagamos ruido. Eso solo puede querer decir que padre volvió de una de sus juergas de madrugada y ahora duerme. Avanzamos por el pasillo con cuidado cuando oímos cómo en la cocina, donde se hace la comida para el monstruo, lo primero que este reclamará, se cae y estalla un plato. Inmediatamente después llegan los gritos, los insultos y golpes; momentos en los que mi hermana y yo solemos escondemos bajo la cama. Sin embargo, nadie lo habría adivinado, el vaso de la pequeña estaba colmado y veo cómo se levanta, avanza hacia los rugidos, los acalla con su presencia insignificante y una vez a los pies del gigante empieza a golpearlo con saña; mi madre y yo nos miramos atónitos y descubrimos juntos que el miedo ha sido sustituido por algo que no sabemos nombrar y nos empuja a unirnos a nuestro David para maltratar al hombre con furia, molerlo a palos, gritando histéricos, hasta que aparece el cuchillo que se entierra en el vientre correcto todas las veces necesarias y nos devuelve la calma.


Cuando el miedo se supera, el coraje que brota a borbotones, más si es en grupo, puede tener una fuerza inusitada, algo que ese hombre desnaturalizado no esperaba, un paso que ellas no pensaban dar. La violencia no puede justificarse, aunque somos propensos a disculpar, aunque cueste reconocerlo, la que en algunas ocasiones se ejerce en defensa propia. La paciencia y el temor pueden sufrirse en silencio un tiempo, pero siempre hay una gota que colma el vaso.
Un abrazo y suerte, Luisa
Ostras, el coraje de esa familia ha hecho justicia a lo bestia.
Un relato duro y, por desgracia, realista, con un monstruo que recibe su merecido.
Enhorabuena y suerte
Cuando el miedo da paso a la rabia contenida puede brotar como un tsunami imparable.
Una historia muy real .
Un abrazo
Sin aliento me has dejado, Luisa. Una solución drástica. Lo único malo es que igual no les queda la pensión… 😉
A veces la violencia es la única salida para sobrevivir.
Que el miedo cambie de bando.
Un abrazo y suerte.
El final, con “el cuchillo que se entierra en el vientre correcto”, como si lo hiciera por su cuenta, me ha cautivado.
Atenúa el hecho dramático del asesinato colectivo. Y se refuerza la unión familiar ante la permanente injusticia. No estaban matando a una persona, mataban al monstruo.
Muy acertado.