83. En blanco
Pulsó el botón de inicio. Pensó, se rascó la cabeza, como había visto hacer en las películas antiguas, y se levantó despacio para dar vueltas por la habitación: una silla frente a la pantalla táctil que colgaba del techo y la caja reparadora, en la que se acurrucaba seis horas cada día, eran el único mobiliario en la estancia 5.647.
Desde principios del siglo XXI se impuso el minimalismo, pero ella recordaba los cuadros en las paredes, las camas, los muebles de la cocina y los armarios de la primera casa que habitó. Por esa añoranza escribió con la Olivetti hasta que se le cayeron las teclas y por puro romanticismo se negaba a utilizar la inteligencia artificial.
Había pasado tanto tiempo que le costaba creer que aquella fuera la misma persona que se enfrentaba ahora a la falta de imaginación. ¿Cómo había llegado a ser incapaz de escribir tres palabras seguidas? ¿Cuándo fue la última vez que tuvo una idea?
Hacía calor y necesitaba una reparación antes de aceptar la realidad. Programó la temperatura a menos veinte grados, se acomodó en la caja y se dispuso a descansar.


O sea, una robot que piensa y siente nostalgia. Todo el rato viéndome retratada…. No si nos van a sacar los órganos y nos van a instar circuitos a este paso. Pero hasta ella se encasquilla!
Interesante!
A un ingenio mecánico capaz de sentir nostalgia por el pasado y amor por los objetos, se le perdona algo tan humano como quedarse en blanco. La imaginación, que a ti te ha servido para crear este relato. Ya le llegará otro día.
Un abrazo y suerte, Almudena.