25. Festejo
A Leandro se le cayó el audífono en el inodoro mientras defecaba y, como le daba asco meter la mano, tiró de la cisterna y desapareció por el desagüe. «Este hombre chochea», se lamentó la directora de la residencia mientras, muy afligido, se lo contaba.
―Comprenderá usted, señora ―continuó diciendo, sentándose sobre la cama― que no me apetezca tocar la pandereta ni cantar villancicos, si no oigo nada.
Pero no, no entendía ella que no quisiera ponerse un collar de espumillón, soplar los matasuegras y pasarlo bomba tirando confeti a los otros ancianos en una fecha tan señalada.
―A la cena sí que viene, don Leandro ―dijo autoritaria, cruzándose de brazos.
Pero le explicó él, sacándose la dentadura postiza, que desde por la mañana le hacía un daño horroroso, que tenía la boca llena de llagas.
―Los canapés, langostinos y el lechazo, qué remedio, los comeré aquí en la habitación, a mi ritmo. Polvorones, mazapán y turrón, solo del blando. Y una botella de cava para pasarlo, gracias. Y ahora voy a seguir con el crucigrama, no la entretengo más.
Mientras cerraba por fuera la puerta, se sintió triste y dolida al confundir con un gemido lastimero una carcajada.


Ja ja ja. No chocheaba, no.
Menudo pillin el abuelo. Muy bien reflejado ese régimen festivo cuasi obligatorio que tienen en las residencias. Uno a esas edades se ha ganado hacer lo que le dé la gana y sociabilizar si le apetece y cuando le apetece.
Un abraxo
Se pierde la privacidad y se encuentran con el paternalismo más trasnochado. Y si la dire es de armas tomar, como esta, viven con imposiciones. Este hombre no se deja mangonear, ya es un poquito mayor para eso. Más sabe el diablo por viejo que…
Un relato sobre la pertenencia, con un héroe resistente de la no pertenencia. Menudo «festejo» se va a montar sin necesidad de nadie. Cada uno es feliz a su manera y eso hay que respetarlo, más si cabe a ciertas edades.
Un abrazo y suerte, Susana