La oficina de objetos perdidos
Antes de cerrar, el encargado recorre los pasillos del almacén con una linterna. Una vez que todo queda a oscuras, comienzan los lamentos: paraguas que quieren regresar con sus dueños, llaves ansiosas por encontrar su cerradura, guantes a su pareja…Siempre cuentan las mismas historias de pérdida que ya conozco.
Con mirada de cristal observo desde el estante 4-C y, aunque llevo un bonito vestido de encaje, un lazo granate en el pelo y soy de porcelana, los demás objetos se alejan de mi hacia el otro lado del estante. Soy la muñeca que nadie reclama.
Fui la mejor compañía para aquella pequeña de ojos grandes, su amuleto, hasta que la fiebre se la llevó. Su madre me sacó en plena noche de aquella casa. Me abandonó en la calle.
Esta mañana han empezado a etiquetar los estantes con una cinta roja: liquidación de inventario, lleva escrito. Pensé que mi final había llegado, hasta que una niña saltarina entró con su madre y se detuvo embelesada frente a mi estante. Me entregó una sonrisa sin saber que ya era mía porque… volvería a buscarme.


Harta los objetos pueden sufrir desprecio de los demás. Esta muñeca ha tenido suerte y puede contarlo.
Objetos que no pertenecen a nadie, condenados al ostracismo y a desaparecer del todo un día, salvo la circunstancia, no muy probable, de un rescate.
Un relato que demuestra que la esperanza no debe perderse nunca.
Un abrazo y suerte, Pilar