Al bajar la cuesta
María descendía por la cuesta del Pozo. Finalizaba el verano y aún ululaban las tórtolas; los prados olían a hierba seca, humedecida por el aguacero de la mañana. En ese recodo del camino el bosquecillo proporcionaba una sombra fresca y el viento del nordeste hacía susurrar las hojas de los árboles. Caminaba despacio, pensando en futuros imposibles, en presentes eternos. Un ligero movimiento de las ramas y una suave brisa que agitó su cabello e hinchó la falda del vestido la llenaron de una alegría desprevenida. Los futuros imposibles podían ser y el presente, eterno.
Al pasar por delante de la casa fea y destartalada del barrio vio a su madre hablando con una vecina. La vecina preguntó por la edad de María. —Está grande, parece que tiene más años. Ya poco le queda para ser una mozuca —la vecina tenía el delantal puesto, mojado, pues había estado limpiando las zanahorias y los puerros para llevar al día siguiente al mercado. —Ya verás, Elena —dijo a su madre—, cuando esta empiece a presumir. Estos comentarios demolieron la alegría de María. De pronto, el tiempo no se detenía. El futuro estaba cercándola y ella no quería. No podía. No sabía.

