72. Refugio
A los veinte años se quedó sin ella y sin prisa por volver a casa. Se acostumbró a andar sin rumbo y a volver cuando cerraban los bares. Un día, empujó la puerta de la iglesia como quien busca pelea sin importarle con quién, pero dentro no encontró el frío que recordaba. Se sentó en un banco y no se levantó hasta que el cura empezó a apagar los cirios.
Durante años encontró allí la calma de un mundo dispuesto de antemano. Se sabía de memoria el orden de la misa y el nombre de quien ocupaba cada banco. Pero, desde hace un tiempo, el olor a incienso lo ahoga. Solo esa mujer, siempre en primera fila, le concede un respiro. Hoy, las flores de su vestido parecen encendidas por la luz de las vidrieras.
Al final de la misa, entra en la sacristía y se quita la casulla, la estola y el alba. Entonces nota que aún lleva puesto el alzacuellos y lo arroja al suelo. No cae de golpe, sino lentamente, como las certezas que se resquebrajan sin hacer ruido.


Hay muchos tipos de refugios, pero no se puede huir siempre, lo que constituye una certeza ineludible, como la atracción de tu protagonista por una persona, que se le antoja imposible por más que quiera evadirse con el cuerpo llebo de alcohol, o el espíritu bien alimentado.
Un abrkazo y suerte, Lluís
Ah, me ha encantado, sobre todo esa frase final «como las certezas que se resquebrajan sin hacer ruido» que es pura poesía.
El hombre encontró donde refugiarse, pero ahora salir de su cueva personal para volver a vivir.
Un abrazo y suerte.
Huyendo de sí mismo, se ha chocado con él mismo, como si el camino de la vida fuese circular.