El giro del tiempo
Has dejado pasar los días de una manera estúpida. ¿Qué has hecho durante todo este tiempo? Pensaste que los adverbios iban a acudir a ti en la orilla de la playa, que las olas del mar te traerían las metáforas más bellas, pero no ha sido así y ahora el reloj corre inmisericorde. Miras el segundero avanzar a saltitos. Son las diez y cinco, y piensas que a las doce en punto de la noche caerás en un vacío profundo. No eres consciente de cómo han volado las tres últimas horas y te quedan menos de dos para poner el punto y final a la historia. Has dejado sonar el teléfono. Has dejado llorar al niño. ¿Pero cómo has sido capaz solo para terminar un relato en la que ni siquiera tú eres la protagonista? Haces girar el revólver que está sobre la mesa. Si el cañón se queda apuntando hacia ti, dispararás, y si no, seguirás escribiendo, te dices. Once menos cuarto, tic, tac, tic tac, el revólver gira y gira, no ha parado de girar desde que regresaste. Deberías terminar antes de la medianoche, pero son las once, el revólver gira y aún no has empezado.


Hala Manuel, qué tremendo. El síndrome de la página en blanco llevado a su extremo más extremista. Lo del revólver me tiene preocupada: ¡escribe, hombre, escribe! Mucho mejor que el fogonazo y el tufo de la pólvora, y de la sangre ni hablemos, que luego no hay quien la limpie. ¡Escribe, por Dios, Manuel! Aunque tengas que dejarlo para el día siguiente, escribe, que queremos seguir leyendo relatos tan buenos como este.
Abrazote.
Eso se llama amor al arte (de narrar) y lo demás son tonterías. Ja ja ja. Si hay que olvidar las obligaciones familiares, se olvidan; y si hay que pegarse un tiro, se pega y sanseacabó, faltaría más.