KINTSUGI
Ezequiel se escondía en su cuarto. Odiaba las discusiones y temía acostumbrarse a los gritos. Llegó a la conclusión de que sus padres serían felices sin él. No era consciente de que aquella fractura existía desde antes de su nacimiento.
Él solo deseaba que lo abrazaran, sentirse querido.
Una noche, a los gritos se sumó el estruendo de una jarra estrellándose contra el suelo. Ezequiel esperó a que todos durmieran. Después rescató los fragmentos de la basura, uno a uno. Al amanecer, armado de paciencia y determinación, había reconstruido la jarra donde cada día se servía el agua de la familia.
A partir de ese día, decidió esforzarse más. Sacó mejores notas, ayudó en casa y evitó conflictos. Intentó conseguir una mayor armonía, que todos asimilaran el difícil arte de la convivencia.
Con los años, logró que, aunque imperfecta, parecieran una familia: una hermosa pieza recompuesta por delicados hilos de oro. Unida. Útil.
Pocos advirtieron que el oro era Ezequiel.

