72. DEBE Y HABER (Juan Manuel Pérez Torres)
Cada día, al despertar, antes del amanecer, regresaban nombres: el padre, al que dejó morir solo en el hospital porque tenía una reunión; Marina, su esposa, esperando en casa mientras él, en el bar, fingía trabajar; el hijo, que aprendió a no pedir abrazos. También recordaba pequeñas crueldades: portazos cargados de ira, disculpas que aplazaba, promesas hechas para acabar discusiones y olvidadas al día siguiente.
Siempre se había considerado un hombre práctico. Decía que trabajar era amar, que proveer bastaba, que el tiempo arreglaba lo que uno no se atrevía a afrontar. Ahora, a los ochenta años, comprendía que el tiempo no reparaba nada: solo cubría las heridas hasta que ya no quedaba nadie a quien pedir perdón.
La enfermera lo acomodó y le preguntó si necesitaba algo.
—Sí —susurró—. Otra vida.
Julián, que había vivido tanto, miró sus manos, finas y temblorosas y descubrió, en la cama, que la memoria no era un álbum, sino un tribunal. Afuera amanecía, pero el día le pareció demasiado breve para empezar de nuevo.

