Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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80. El conductor del autobús

Lápiz, gubias, formón y una pericia experta trabajan la pieza de tilo con el mismo afán de exactitud con que siempre hiciste todo. Tus ojos, ahora insomnes, vigilan el trabajo de tus manos en el delicado proceso de vaciar la madera siguiendo el trazado.

A tu espalda, el hombre de las gafas, la pareja de recién casados, la muchacha de la trenza…, observan atentos también el avance de la obra. A veces te preguntan cosas como qué estás haciendo y si es muy difícil, que cuándo lo acabarás…, hasta que alguien les pide que callen y no te distraigan.

Tú te limitas a sonreír y mirarlos —fugazmente y de soslayo— en el espejo, aunque quisieras responderles como merecen. Dedicarías, en realidad, el resto de tu existencia a escuchar cada una de sus palabras. Les hablarías de lo hermosa y frágil que es la vida. Del dolor inconsolable que puede provocarnos el hecho de descuidarla.

Soplas la tabla, y un revuelo de serrín y virutas convierte la visión de sus rostros en un angustioso caos. Esperas el tiempo necesario para que todo se aplaque, y sigues tallando luego aquellas hermosas figuras: remedos de vida con formas precisas; rectas amables, curvas perfectas.

1 Response

  1. Ángel Saiz Mora

    En las manos de los conductores de los medios de transporte hay gran profesionalidad y una enorme responsabilidad. Somos incontables las personas dependemos de su pericia y dedicación para llegar sin novedad a su destino tras un desplazamiento; tú lo sabes infinitamente mejor que yo. Este artesano, que por el título sabemos que tuvo otro oficio, es minucioso y paciente, como corresponde a alguien que pone su empeño en realizar con excelencia una actividad. Si no conociéramos el tema propuesto para esta convocatoria diríamos que se trata de un hombre que puede parecer feliz, que es tranquilo y habilidoso, pero el sentimiento de la culpa ha de hacer acto de presencia. Esas rectas y curvas que talla con tanto esmero, con los adjetivos «precisas», «amables» y «perfectas», quizá en algún momento no lo fueran tanto, porque todo puede terminarse en un instante, pese a que no lo pensemos, pese a que hagamos lo posible para que nada malo suceda, porque nadie sabe qué le espera en su camino, por mucho que intente recorrerlo de la mejor manera.
    Un relato impresionante, con una voluntad de expiación latente, o de dedicarse a una actividad que ayude a no pensar en algo que nunca se quiso que ocurriera.
    Un abrazo grande y suerte, Enrique

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