El conductor del autobús
Lápiz, gubias, formón y una pericia experta trabajan la pieza de tilo con el mismo afán de exactitud con que siempre hiciste todo. Tus ojos, ahora insomnes, vigilan el trabajo de tus manos en el delicado proceso de vaciar la madera siguiendo el trazado.
A tu espalda, el hombre de las gafas, la pareja de recién casados, la muchacha de la trenza…, observan atentos también el avance de la obra. A veces te preguntan cosas como qué estás haciendo y si es muy difícil, que cuándo lo acabarás…, hasta que alguien les pide que callen y no te distraigan.
Tú te limitas a sonreír y mirarlos —fugazmente y de soslayo— en el espejo, aunque quisieras responderles como merecen. Dedicarías, en realidad, el resto de tu existencia a escuchar cada una de sus palabras. Les hablarías de lo hermosa y frágil que es la vida. Del dolor inconsolable que puede provocarnos el hecho de descuidarla.
Soplas la tabla, y un revuelo de serrín y virutas convierte la visión de sus rostros en un angustioso caos. Esperas el tiempo necesario para que todo se aplaque, y sigues tallando luego aquellas hermosas figuras: remedos de vida con formas precisas; rectas amables, curvas perfectas.

