09. AldeIA
Al final decidimos tomar ese camino. No fue fácil, pero no nos quedó otro remedio. Habíamos llegado a un punto en el que las cosas, sencillamente, no salían. Entonces alguien nos habló de esa solución y, así, fuimos los pioneros.
El proyecto podría resumirse en que cederíamos nuestra soberanía a la IA, es decir, que ella sería nuestro alcalde. Y la empresa promotora tuvo el detalle de construirnos un androide andrógino, con aspecto autoritario para facilitarnos la transición.
Al principio nos hizo gracia el interés mediático y sus consecuencias. Éramos el centro de atención. Pero según iba pasando el tiempo y empezábamos a sufrir las “sesudas” decisiones de nuestro “alcalde”, las cosas empezaron a torcerse.
Suprimió el consultorio médico porque no era rentable; negoció para la instalación de un megaparque eólico; desvió el curso del río que nos daba nombre y, la gota que colmó el vaso fue que se cargó la cantina para poner un Carrefour. Los del mus se sublevaron. Por la noche secuestraron al robot y le obligaron a buscar la forma de acabar con sus iniciativas para, posteriormente, autodestruirse de manera definitiva.
¡Ya no somos AldeIA!
¡Volvemos a llamarnos Aldea del Río!
En un mundo siempre en movimiento puede y debe haber algún cambio derivado de eso que llamamos progreso, pero sin perder las buenas costumbres, que sería algo más cercano a una regresión. Los vecinos de este pueblo, resistentes y rebeldes, seguros del camino que consideran correcto, como el personaje cumbre de Cervantes, han tomado una derivada contracorriente del devenir imparable, que tiene algo de crítica social, de nostalgia y de cómico.
Un saludo y suerte, Susana
La IA la carga el diablo. Lo peor no es el daño directo que provoca como en tu Aldeia, sino aquel que no se ve ni se nota. Es evidente que debemos regularla para limitarla, puede llegar demasiado lejos.
Me alegra que hayan devuelto su anterior nombre y hayan restaurado todos los desaguisados. Pero ella sigue a lo suyo.
Un relato no tan distópico.