Caótico patrón
No encuentro las llaves, siempre las dejo en la caja del correo donde las cartas, propaganda, cuentas de la compra, lapiceros y clips las abrigan.
Durante un buen rato revuelvo por toda la casa sin encontrarlas. Voy a la silla donde tengo toda la ropa amontonada a medio uso, miro en los bolsillos de los pantalones, nada. Voy a la lavadora, metí la sudadera manchada; tampoco están en las faltriqueras.
Camino hacia el garaje, tengo el coche preparado para salir, pero nada. El último sitio donde las recuerdo es sobre la encimera de las herramientas, cuando limpié el martillo, junto a la cuerda y el cuchillo. Suena el timbre de la puerta. Es la vecina, esa vieja chismosa, será la siguiente en mi lista improvisada de candidatos.
—¡Buenos días! Creo que alguien se ha dejado las llaves en el buzón —expone poniendo el llavín frente a mi cara
—Gracias ¡Qué cabeza la mía! Luego me pasaré con un dulce para compensarla.
Cierro la puerta con apremio, voy al coche y salgo a toda prisa. Me dirijo a mi lugar favorito, recóndito, donde descansar en paz.
Allí, me bajo, abro el maletero, me rasco la cabeza y pienso en dónde enterrar a mi última víctima. No sé en que lugar está la anterior. Comienzo a hacer el agujero y, en efecto, está ocupado, creo que fue el ejecutivo que apuñalé en mayo. Tengo que idear un patrón para recordar donde inhumano a mis ejecutados o buscar otro lugar escondido, aquí ya empiezan a faltar hoyos.

