Cosas que no cuento
No le digo a nadie que la cama es más cómoda cuando duermo sola. Que el silencio de las mañanas, ese que antes me asfixiaba, ahora lo dejo pasar por la ventana, sin apurarme a cerrarla.
No le digo a mi hermana que río más. Que el otro día un vecino me soltó una gracia en el ascensor y me reí de verdad, con el estómago, y luego tuve que apoyarme en la pared un momento, no por el dolor de siempre, sino por el susto de haberme reído tan fácil.
Ella pregunta cómo lo llevo. Yo digo que mal, que le echo de menos, que hay días que no puedo. Y no miento del todo.
Pero no le cuento que ayer planté tomates en el balcón, a las siete de la mañana, todavía en pijama. Algo que él desaprobaría. «Porque atraen bichos», decía. Que los planté con una alegría tan limpia que me dio vergüenza, ahí sola, con las manos en la tierra.
No sé si esto es duelo. Sé que cada vez que soy feliz, miro hacia la puerta, como si alguien pudiera entrar y verme.

