De buena esperanza
Envueltos en el cierzo que atraviesa el pueblo, el pequeño y su madre abandonan la plaza de la mano. «¡Quedan dos!», anuncia la matrona antes de meterse al carromato y salir con una niña en brazos. La deja en el suelo y señala al grupo de mujeres que, alineadas a veinte pasos de distancia, agitan urgencias, esperanzas y muñecas de trapo. La niña descubre ese derroche de brazos extendidos e inicia un andar torpe. Cambia de dirección como un títere sujeto por hilos caprichosos y duda hasta que su mirada se fija en una de ellas. Y las dos se sonríen. Entonces algunas mujeres callan; otras maldicen en cuanto la niña concede su primer «mamá».
Miran ahora hacia su última oportunidad: el cesto de mimbre que sostiene la matrona. Luchan contra su instinto de acercarse, repitiéndose que sería injusto para las demás. «¡Qué hermosura!», «tendrá unas veinte semanas» o «si es niño, le llamaré Ángel», dicen mientras la matrona eleva la mirada hacia el campanario. Cuando la cigüeña se posa junto al cesto y prende el asa con su pico, todas ellas se apresuran a sacar de los repliegues de sus vestidos cuantas lombrices, topillos y escarabajos puedan ofrecerle.


Precioso relato sobre la maternidad ansiosa por abrirse camino.
Visual, directo y crudo. Esa cigüeña que decide y esas madres que le ofrecen todo lo que tienen, conmueve y deja mal cuerpo: de madre.