Desfile nacional (Alberto Benito Fernández)
No volví a dormir tranquilo desde el día en que decepcioné a mi padre negándome a realizar el servicio militar. Sé que nunca me lo perdonó. Por eso, cuando falleció, decidí alistarme en la brigada paracaidista para que se sintiera orgulloso de mí, allá donde estuviera.
A base de esfuerzo y disciplina me convertí en el recluta más destacado de mi promoción, y me gané el derecho a participar en el desfile de las Fuerzas Armadas. Al fin tenía la oportunidad de redimirme y acallar mi prolongada culpa.
Ay, si me pudiera ver el viejo, qué emocionado estaría. Tenía al fin frente a mí esos minutos de gloria para que el apellido Martínez fuera recordado para siempre.
Qué sensación la de sobrevolar la Castellana escoltado por la Patrulla Águila y dar el salto ante la atenta mirada de mis compatriotas. La lona se despliega majestuosa en el cielo de la ciudad que me vio nacer y desciendo con precisión hacia el punto de aterrizaje escuchando los aplausos de una multitud enfervorizada. Cierro los ojos y puedo sentir que el corazón de mis antepasados late en el mío.
—Mierda, una farola.


Un relato basado en unos hechos reales que muchos recordamos y, la mayoría, pienso, nos pusimos en el papel de ese paracaidista a quien tú has vuelto aún más humano, con un sentimiento de culpa comprensible y palpable.
Un abrazo y suerte, Alberto