41. Divinidades (Aurora Rapún Mombiela)
Jamás creí lo que se publicó sobre el templo. Ni que los habían encontrado sepultados bajo el mármol, ni en la culpabilidad del santo al que le achacaban tamaña brutalidad. Jamás perdí la confianza en aquel ángel disfrazado de camarero de camisa abierta, cadena de oro y palillo interdental, que dedicó su vida a guardarnos a mí y a aquellos que desaparecieron, aliviados por su absolución tras confesarnos, nuestros más oscuros secretos. Nadie pudo convencerme de que las blasfemias sobre los ingredientes sospechosos de la cocina fueran ciertas. A esas croquetas les tenía yo más fe que al propio Dios, esas gambas en gabardina me hacían ver el más allá y hasta les rezaba con devoción.
Cuando se apagaron las luces, se cerraron las puertas y las dos bandas de la policía prohibieron el acceso incluso para la oración, creí que había llegado el final, pero nada podrá acabar con mi fe inquebrantable, así que aquí espero, como un fiel guardián, a que vuelva la cordura al mundo, a que vuelvan a abrirse las puertas del cielo.


El precio para que unas croquetas y gambas sepan divinas puede ser nuy alto, pero siempre hay alguien dispuesto a pagarlo, con fe en lo que es único, aunaue sea lo último que prueben.
Un abrazo y suerte, Aurora
Los parroquianos son fieles a sus croquetas y a sus confesiones. No hay quién les quite la fe en su templo. Muchas gracias por tu lectura y por tu comentario, Ángel. Un abrazo fuerte.
Jajaja, parece que el amor, en efecto es ciego, aunque sea a las croquetas y a las gambas con gabardina. Y también parece que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Me ha salido el día refranero, jejeje.
Muy bueno, Aurora. Un besazo.
¿Quién no siente devoción por unas buenas croquetas? El refranero le va que ni al pelo, jajaja. Un abrazo fuerte, Ana María.
Aurora, ¿qué mejor templo que tu bar de confianza? Sobre todo si las croquetas y las gambas con gabardina (y las bravas, el morro y el chivito, ya puestos) están divinas.
Un abrazo y suerte, y nos vemos en el bar!
Hola Aurora
Como buenos parroquianos, fieles a esas santas tapas.
Muy divertido.
Enhorabuena y suerte!
Mira que quería titularlo parroquiano o parroquia o algo así y no sé por qué razón oculta de mi mente, al final, le puse otra cosa. Siempre fieles, sí señor. Muchas gracias por tu comentario, Alberto. Un abrazo fuerte.
La verdad es que hay algunas delicias que son para tenerles una fe incuestionable, aunque guarden terribles secretos… Nos vemos en el bar. Hecho. Un abrazo fuerte, Rosalía.
Como decían Gabinete Caligari en su canción “Bares que lugares”.
Un abrazo
Tan gratos para conversar… Y muchas otras cosas… Muchas gracias por tu comentario, Gema. Un abrazo fuerte.
Nunca se debería perder la fe en las tapas, y las tuyas suenan o se leen, en este caso, deliciosas. Suerte Aurora y un abrazote. ❤️
Es que esa fe es inamovible. Cuando encuentras unas buenas croquetas, a ver quién te hace cambiar de local. Muchas gracias, Nuria. Un abrazo fuerte.
Es que se puede dudar de muchas cosas, pero de unas buenas croquetas no.
Muy negro, muy ácido y muy bien escrito.
Saludos y suerte.
Por mucho que te lo pinten negro, unas buenas croquetas, le dan color a cualquier cosa. Muchas gracias por tu comentario, Gabriel. un abrazo fuerte.
Hola, Aurora. Por más profano que sea el origen de sus ingredientes (cosa que ignora el comensal), hay comidas que saben divinas y, por ende, al probarlas, nos llevan al cielo, así que ¿Cómo no va a esperar la protagonista frente a su templo-restaurante, la resurrección de sus adoradas croquetas y gambas en gabardina?
Ha sido un gusto leerte… ¡Literalmente! 😉
Un beso grande,
Mariángeles
Jaja, deberíamos de irnos un día de tapas, Mariángeles, y afianzaríamos la fe a buen seguro. Un abrazo muy fuerte y gracias por tu comentario.
Divina cocina! Qué decepción para una parroquiana convencida.
Es una pena que su templo se haya cerrado para siempre.
O peor aún, que lo reabran otros dueños. Seguro que si cambia la cocinera, ya nada será igual. Un abrazo fuerte.