27. El bálsamo
Era fácil, casi un juego de niños y aún así, no siempre resultaba efectivo.
De pueblo en pueblo, durmiendo apartado en los caminos. No diré huyendo porque me parece algo excesivo, no obstante…
¿Que si yo mismo tenía fe?
Bueno, a ver… Puedo inventarme que el que me lo vendía a mí era una eminencia, que ocultaba su nombre y ocupación escapando de las férreas leyes, que utilizaba una fórmula secreta y que los componentes no eran fáciles de conseguir… Vamos, que no crecían en los árboles.
Y desconozco si realmente incluía una serie de sustancias, cómo diría, ¿prohibidas? ¿algo peligrosas? ¿pelín tóxicas? Pues no sé, ni lo afirmo ni lo desmiento. Yo no sé nada de eso. ¿Qué voy a saber yo? Yo sólo soy el charlatán, el tratante, el chamarilero. Un intermediario, vaya…
¿Responsabilidad? ¿Yo? La gente es mayorcita y sabe muy bien lo que se hace. Si me dan un cochinillo y me suplican que lo acepte, pues ¿qué voy a hacer sino aceptarlo? Pero yo no cobro, ¿eh? No se equivoque. Yo vendo cacharros, quincalla, todo lo que usted ve aquí. Y en ciertas ocasiones, sólo para que se pruebe, incluyo, como regalo, el bálsamo.